Carlos López mayo 30, 2018

En muchas actividades humanas se sufren accidentes, pero existen medidas de prevención. En la construcción, se impone ordenar la legislación vigente, capacitar mejor a los profesionales y funcionarios y crear una agencia civil de investigación.

¿Es más riesgoso volar o construir?

Las víctimas mortales de los accidentes aéreos y terrestres, posiblemente empatan en estadísticas. Sin embargo, la percepción pública de los riesgos asociados al transporte aéreo es mayor que la que se asigna a los tres o bicicletas. Hay dos motivos que colaboran con esta sensación generalizada: por un lado, la cantidad de víctimas que puede dejar por saldo un solo accidente y, por el otro, la imposibilidad del pasajero de manejar su entorno dentro de una aeronave. El accidente aéreo se transforma en noticia de inmediato, trasciende las fronteras con amplia repercusión y provoca una inmediata investigación de organismos internacionales para determinar los hechos y condiciones que nos permitan esclarecer el accidente. El objetivo de estas investigaciones es prevenir nuevos accidentes, mejorando la seguridad de las aeronaves y la respuesta de los equipos de tierra durante la emergencia.

En este sentido, la Organización de Aviación Civil Internacional creó las Comisiones de Investigación de Accidentes, dependientes de las diferentes autoridades de Aviación Civil de cada Estado firmante del Convenio. Por lo tanto, no busca culpables ni tiene carácter jurídico sino técnico.

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Sin embargo, es inevitable que a veces se desprenda de la investigación que hubo actos u omisiones que fueron los causantes primarios del accidente. El análisis de los hechos conducirá a la elaboración de las hipótesis más probables sobre los verdaderos motivos subyacentes al siniestro.

Entre las conclusiones, se indican los aspectos del vuelo que contribuyeron al accidente y cuáles no, señalando la causa probada o la más probable del accidente.

Suele atribuirse a las aeronaves una mejor seguridad de transporte. Al mismo tiempo que es cierto que las causas pueden ser muchas, no deja de serlo que son habituales las ocasiones en que más de una causa puede combinarse de modo que provoque un desastre. Por lo cual ha de reiterarse que aviones seguirán cayendo, del mismo modo que muchas más personas perderán sus vidas en los automóviles, trenes o bicicletas, pero que el número de aviones caídos será ínfimo con relación a los muchos cientos de miles más que seguirán volando.

El derrumbe de edificios puede ser considerado, análogamente con los accidentes aeronáuticos, como un tipo de accidente que focaliza la atención de los medios y del público por su espectacularidad y por lo infrecuente, si la comparamos con la frecuencia casi diaria y con las pérdidas de vidas humanas y materiales provocadas por los accidentes con automóviles, medios de transporte públicos o asesinatos.

No obstante aquí terminan las comparaciones con la industria aeronáutica, carecemos de una organización experta con profesionales idóneos y con procedimientos y rutinas que investiguen de manera científica las causas y que en tiempo y forma puedan informar a la sociedad y a la industria de la construcción las razones que indiquen con claridad qué y cómo mejorar.

Rara vez se conocen las conclusiones y las hipótesis que se barajan suelen ser producto de opiniones de expertos o no, en el marco de la inmediatez, y que suelen diluirse con la misma velocidad que la noticia abandona los principales titulares.

Un laberinto de intereses y estrategias legales aletarga y oscurece el conocimiento de las verdaderas causas de un accidente , impidiendo aprender de ellas y mejorar lo que haya que mejorar, para impedir futuros accidentes o en todo caso minimizarlos, si asumimos que, como los aviones, accidentes en la construcción seguirán existiendo, producto de una actividad que tiene un factor de riesgo implícito.

La construcción en la Ciudad de Buenos Aires es, en la actualidad, de las más seguras del país y sus edificios mejores en este y otros aspectos como la habitabilidad. En los últimos veinte años, el avance es evidente y el nivel de inversión, grande. Los lamentables y trágicos accidentes como el incendio de Cromañón o los derrumbes de fincas vecinas a demoliciones y excavaciones han acelerado estos cambios que mejoraron sustancialmente algunos aspectos de nuestra actividad.

¿Es posible mejorar? Sin duda.

En muchos casos estos avances han sido compulsivos y reactivos. Es el momento de ordenar la legislación vigente y evitar solapamientos; los futuros procedimientos y normativas deben ser claros y actualizados .

Los profesionales y funcionarios debemos capacitarnos. El Estado tiene mucho por hacer: entre otras cosas, aportar datos sobre las edificaciones vecinas. No basta con saber los datos de la nueva obra, ya que medianera de por medio existen construcciones con planos o patologías que debemos conocer, ya que golpes y vibraciones van a afectarles, así como dar preavisos de obras a los vecinos para recibir alertas tempranas y fijar procedimientos especialmente en la etapa de excavaciones o demoliciones, la de mayor riesgo.

Debemos avanzar en códigos para la construcción que acepten nuevas tecnologías y que permitan actuar con rapidez, especialmente en etapas como la excavación, submuraciones, (sistemas como pilotes de anclaje que la normativa no permite, pero es el sistema más seguro para excavaciones profundas), etc. Mi propuesta es crear una agencia civil de investigación de accidentes de la construcción, independiente de cualquier interés, que no sea sólo entender realmente que pasó, sin matices. Este sería un aporte para minimizar riesgos e incertidumbres ciudadanas.

Por Daniel Silberfaden  ARQUITECTO (DOCENTE FAU, UBA)

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